La mañana y la tarde fueron espuma inocua, inerme e indefensa. Tiempos donde no pudo existir el derecho. Todo era paz inmerecida, sin haber sido ganada con el sonido del acero al chocar las hojas de las espadas una con otra, ni haber sido fruto de la sangre derramada en duelo a muerte, donde ni la inteligencia, el poder o el bravío dictarían sentencia de victoria, sino la destreza en el uso de las armas.
Esa calma se había prolongado más allá de lo que esperaba, a tal punto que ya le resultaba un estorbo odioso. Habíase acostumbrado a ser el destino de las muchas miradas, la adorada imagen de las gentes, y el centro de la atención y la adulación de los hombres. Cada paso que dio en su vida representó un paso en dirección a más gloria para sí, pero en ese momento, en esa calma que le arropaba y que parecía envolverle en la telaraña del olvido, y sumirle en el polvo de la indecisión, y derrotarle en las arenas de la iniciativa, era nada y era nadie.
No valió el tiempo pasado para inculcarle en su mente que era grande. De hecho, la mucha adulación solo pareció haber servido para inflar su ego, y ahora, al verse sin aquellas palabras malditas, resultó ser un muñeco de paja, fácilmente destrozado con la embestida del viento. Bien había sido dicho: “Hombre fácil a la adulación es hombre indefenso.” Con el tiempo, había probado la veracidad de aquello. ¡Horror de horrores! Permitir que su carácter fuese manchado con la podredumbre de la lisonja. Y solo ahora viene a darse cuenta de que, así como la tarde y la mañana, y la profunda calma que le agobia, son tan similares como el: espuma inocua, inerme, e indefensa. Paz inmerecida, traicionera. Hedor mortecino. La adulación fue el golpe que le hizo caer de su caballo. Ha muerto por la alabanza de los hombres. Esa no es paz de disfrute: es paz de muerte y reflexión inhumana. ¡Pobre de su mujer!
Hombre fácil a la adulación es hombre indefenso.